Deutsche Bank anuncia la «vuelta de la historia» en la economía global y pone al oro en un lugar clave del nuevo sistema
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En 1989, el politólogo Francis Fukuyama declaró que la humanidad había alcanzado el fin de la historia. El triunfo definitivo del liberalismo occidental, el fin de las guerras ideológicas, la convergencia inevitable hacia un modelo único de organización política y económica. Durante tres décadas, esa tesis parecía confirmarse. EEUU se convirtió en la potencia indiscutible, el comercio internacional se multiplicó bajo el ‘control’ de EEUU y sus organizaciones, los bancos centrales de los países ricos vendieron su oro porque ya no lo necesitaban, y los mercados emergentes acumularon billones de dólares en reservas. Ese mundo, el mundo cómodo del orden unipolar, ha terminado. Un nuevo informe del Deutsche Bank Research Institute asegura que el fin de la historia ha llegado, a su vez, a su fin. El banco alemán anuncia una transición en la que el oro cobra relevancia y el dólar podría empezar a ocupar un papel menos relevante.
Los analistas del banco alemán MTodoika Sachdeva y Michael Hsueh explican en un informe de la semana pasada que la caída del oro como activo de reserva no ocurrió con el colapso de Bretton Woods en los años setenta (cuando el dólar dejó de ser convertible en oro) sino con la caída del Muro de Berlín y la consolidación de la hegemonía americana en los noventa. Dicho de otro modo, el oro no cayó en desgracia por razones técnicas o financieras, sino porque el mundo se volvió geopolíticamente seguro para quienes estaban dentro del sistema americano.
Ahora que ese sistema se resquebraja, el oro vuelve con fuerza. Todo ello coincide además con unas políticas monetarias que parecen haber perdido parte de su credibilidad desde 2008. Los bancos centrales de los países desarrollados han roto el contrato con el resto de agentes que conforman la sociedad a través de una mayor impresión de dinero, lo que está erosionando el ‘valor’ de las divisas frente a una interminable constelación de activos cuya reproducibilidad es más compleja que la de las monedas fiduciarias. Durante muchos años, el oro era la garantía de que los gobiernos no podían incumplir su promesa con los agentes económicos, es decir, no podían imprimir dinero a su antojo porque detrás de cada papelito había una cantidad de oro que se podía reclamar (esa era la teoría que hizo funcionar el sistema). Ahora, sin el oro como respaldo, las ‘impresoras’ de billetes no tienen límites más Todoá de la inflación.